Tremendo enfado del portugués con Ferguson, que le relevó a falta de media hora. No tengo ningún problema con él, ya sabemos cómo es. Tévez escenificó su distanciamiento con el United con una polémica celebración
Corría el minuto 58 y el United ganaba 2-0 al City en un paso clave para revalidar su título de la Premier. Alex Ferguson quería ofrecer descanso a sus mejores hombres, porque daba la victoria por segura. Con el partido parado, él se acercó a la banda para beber algo, sin sospechar nunca que en la tablilla aparecería el dorsal 7. Así que su técnico debió aclarárselo con una palmadita en la espalda. Desde ese momento, él, siempre él, se prodigó, brazos en jarras, en un repertorio de muecas que delatan el extremado ego de un genio del fútbol llamado Cristiano Ronaldo.
Paul Scholes, ajeno a todo, apuraba los estiramientos, listo para saltar al campo. A su lado se preparaba también Wayne Rooney, que daría el relevo al coreano Park. Con media hora por delante y una final de la Champions el próximo 27 de mayo, los cambios entraban en la más pura lógica del fútbol. Si no, que se lo pregunten a Guardiola, que podría lamentar en breve la lesión de un Iniesta al que no bajó de la titularidad en los últimos 10 partidos de Liga. Sin embargo, Cristiano parece muy lejos de comprender esas leyes no escritas de este juego.
"Él quería seguir jugando, así de sencillo, pero ya hizo un gran esfuerzo ante el Arsenal y debemos centrarnos en lo que nos queda por delante", aclaró Ferguson ante las apremiantes preguntas de los periodistas. El miércoles aguarda el partido atrasado con el Wigan y el sábado un triunfo ante el Arsenal podría resolver la Premier en Old Trafford. Cualquiera tendría claro que había llegado el momento de repartir los minutos. Cualquiera menos Ronaldo, autor del 1-0 en el minuto 17 tras un afortunado libre directo que rebotó en De Jong.
Abandonar el estadio unos minutos después del pitido final
Consumado el cambio, un utillero le tendió una prenda de abrigo y CR-7 la rechazó con furia. Alcanzó el asiento con cara de pocos amigos, ajeno a la ovación de su público, sin molestarse ya en disimular. Le asomaba el rebote por la boca. Negaba con la cabeza, cerraba los ojos, escenificaba lo que algunos entienden como su definitivo distanciamiento con el entrenador que en 2003 decidió pagar 18 millones de euros al Sporting de Lisboa a cambio de un chaval predestinado a llenar el vacío dejado por Beckham.
Desde entonces siempre le defendió Ferguson, que hizo de su continuidad una cuestión de honor, pese al obsesivo interés del Real Madrid y los ambiguos mensajes del chico de Funchal. Tampoco le falló esta vez. "No tengo ningún problema con Cristiano, ya sabemos cómo es", explicó el habitualmente iracundo escocés, confeso antimadridista, harto un año más de que se dé por hecha la llegada de su estrella al Bernabéu, esta vez bajo el paraguas de Florentino Pérez.
Pero esta última rabieta de niño mimado, lo quiera o no Sir Alex, alimentará los rumores de fuga. Al parecer, tras los primeros instantes de indignación, Ronaldo se largó a la ducha y abandonó el estadio tan sólo unos minutos después del pitido final del derbi. Sin explicar nada ni alegrarse por el éxito de su equipo. Más o menos como su compañero Carlos Tévez, autor de una actuación sobresaliente y de un precioso gol con dedicatoria incluida hacia el palco.
Los dueños del United se niegan a pagar 28 millones para retenerle y el argentino se llevó las manos a las orejas para recordarles a quién prefiere la gente. Aunque el Apache quizá debería taparse un poquito. Un tipo tan vivo como él ya sabrá que la gente en Manchester se sigue muriendo por los huesos de ese portugués de la taquilla número 7.