Marcó los dos goles de la victoria y fue expulsado por responder con un codazo al agarrón de Mtiliga
Van Nistelrooy recibió la cálida despedida del Bernabéu, arropado en el césped por Florentino y Valdano. De inmediato, el partido. La vida sigue y la misión de marcar los goles de «VN» corresponde a Higuaín y, en su ausencia, a Benzema. Hay otras alternativas y Cristiano Ronaldo es la más fiable, aunque haya encuentros que le cueste superar al portero. Cuando acierta, lo hace por partida doble, así derrotó al Málaga. Lo malo de él no son, sin embargo, sus vigilias goleadoras sino su temperamento. Mtiliga, como el almeriense Ortiz, le desquició y respondió con un codazo en las narices del danés, literalmente, y del árbitro, que lo expulsó. A Cristiano le pierde su carácter ganador, y eso lo puede acusar el Madrid, enfrascado en la persecución del Barça, a cinco puntos.

El Málaga dio un par de sustos, sustitos, como esos de los monstruos que no son tan fieros que, en películas de serie B, navegan entre el terror y la comedia. Después de dos cabezazos seguidos de Casillas fuera del área, se hundió. Naufragó, empujado por la marea madridista, que lo estampó contra el acantilado y lo destrozó, sin posibilidad alguna de organizar una misión de salvamento.
Muñiz coloca bien a sus peones, los obliga a jugar al fútbol; contra un adversario de rango superior plantea los partidos al contragolpe, no al cerrojazo; deja a Caicedo arriba, al acecho de un faro, y no maltrata el balón. Durante alguna fase del primer tiempo, transmitió inquietud al graderío madridista,
Giochi Divertenti. Fueron los instantes en que ni siquiera la clarividencia de Guti, el más entonado, florecía porque Benzema no encontraba huecos, Kaká chocaba contra la defensa y a Cristiano Ronaldo la ansiedad le dejaba en evidencia.
Cuando terminó 2009, los goles de Ronaldo eran habituales. Crecía su imagen de jugadorazo depredador con cada uno de sus disparos. Tiraba más y mejor; gesticulaba menos. Comenzó 2010 y su estrella declinó. Volvieron los fantasmas, la ansiedad, los chuts a las nubes, la elección de las jugadas equivocadas y la confrontación con el mundo entero. En San Mamés alcanzó la máxima expresión. El público le chillaba, él respondía y el Madrid no se enteraba del partido. Cumplió allí tres encuentros sin marcar, más la chirigota de Tirana, y contra el Málaga volvió a dar muestras de desesperación.
Del Madrid que alineó Pellegrini cabía esperar lo mejor porque estaban los fundamentales, para el negocio de las camisetas y, posiblemente, también para el futbolístico. Jugaban otra vez juntos Benzema, Kaká y Ronaldo. Como el Málaga no es equipo pendenciero, junto a los tres «tenores» figuraba Guti, cabeza pensante que, inspirada, facilita el último pase, desatasca el centro del campo y juega al primer toque.
Cristiano es, posiblemente, el jugador de Primera que más veces remata; pero sólo el 36% de sus intenciones encuentra portería, que no el gol. Le cuesta vivir con esa losa y se precipita. Le hubiese gustado chutar como Guti, para que se luciera Munúa, pero la pelota se le iba alto. Dos veces le ocurrió; en la segunda, Kaká le pidió que mirara; estaba solo. Pero fue en el minuto 35 cuando cambió el destino. La jugada nació en las botas de Guti, pase a Benzema, éste a Kaká, que centra para que remate el portugués. Participaron los tres «cracks», el sueño presidencial, más el inspiradísimo Guti, quien, cinco minutos después, volvió a surtir a Cristiano con un medido pase en profundidad que éste convirtió en gol desde la frontal del área.
Cristiano, ángel, y el Madrid en la estela del Barça, a cinco puntos. Terminó el primer tiempo con el partido resuelto y en el segundo Pellegrini introdujo cambios.
Obligado el de Marcelo por Garay, lesionado, y protestadísimo el de Granero por Guti. Sólo tres minutos después Mtiliga persiguió a Ronaldo, le agarró, persistió en la falta y «CR9» se transformó en demonio: le sacudió por sacudírselo de encima; le dio un codazo en la nariz y Pérez Lasa no tuvo más remedio que expulsarle.
Ronaldo es tan competitivo que se calienta en exceso. Lo saben los rivales y le provocan; él pica y el árbitro, como ocurrió contra el Almería, le echó por responder. Tiene que serenarse porque es de dominio universal cuál es su punto débil, y el fútbol es cosa de listos. Tendrá que aprender, por ejemplo, de Raúl, la serenidad, el tercer recambio de Pellegrini, que no se atreve a jubilarlo.